El regalo de Mariel Ruggieri

Hola hola! Antes que todo… ¡FELIZ NAVIDAD!

Estuve perdida por varios días, dedicándome a mi familia y a descansar, cosa que pocas veces hago durante el año, pero aquí estoy! regreso con todas las ganas del mundo! y que mejor forma de hacerlo que hablándoles del nuevo libro de Mariel Ruggieri, del que hace unos días les compartí un adelanto…¿se acuerdan?

“Nada Prohibido” es la nueva obra de 12377634_566208483534868_8607710206771429511_o
Mariel, quien como agradecimiento a sus seguidoras y por haber cumplido la meta de llegar a 1,000 fans, decidió compartir el primer capítulo de esta historia que, como les dije hace unos días, ha sido creada para llenarnos de calor… mucho calor.

“Es la cuarta novela que escribí pero por distintas razones nunca estaba lista para salir a la luz. Ahora, gracias a Dante Avilés y su toque especial, ha llegado el momento” explica la autora al principio de este regalo navideño que nos hizo a sus fieles lectoras, agregando además que el libro tiene un total de 530 páginas de una historia que asegura será “imposible olvidar”.

Les recuerdo que la novela saldrá publicada el próximo 6 de marzo de 2016, pero por mientras les comparto un fragmento de este primer capítulo y la sinopsis al final de este! Les recuerdo que la novela está contada desde el punto de vista de ambos protagonistas, es decir de Emilia y Máximo, así que no se me vayan a confundir!

Gracias Mariel por compartírnoslo!

(…)

Lunes por la noche:

Estoy… pasmada. No puedo creerlo, aún no caigo. Me siento paralizada en medio de esta vorágine de acontecimientos que presiento van a cambiar mi vida para siempre.

No sé ni por dónde empezar. Es tal la locura en la que me vi inmersa de un día para otro, que no tuve ni tiempo para escribir nada en esta bitácora de vida que me acompaña siempre. Pensándolo bien, no escribo desde mucho antes. No escribo desde el día en que me marché de Carmelo, hace ya dos semanas. ¿Quién iba a decir que mis vacaciones se iban a extender tanto?

Bendita tarde calurosa. Era tanta la humedad en Montevideo, que apenas podía respirar y por un momento me arrepentí de haber accedido a acompañar a Natalia al casting. Afortunadamente ella me recibió con una limonada helada en su monoambiente pésimamente decorado. Mi hermana tiene una extraña obsesión con los autos de lujo, y el departamento es la prueba de ello. Veinte posters de relucientes convertibles, y ni un solo espejo… Y yo necesitaba uno.

Verme linda es lo único que me da seguridad en la vida.

No soy vanidosa, pero sentirme hermosa es lo único que me hace feliz últimamente. No, mentira. Cantar lo es, porque cuando canto me siento la más linda del mundo.

Me anoté para participar, por esa vieja costumbre de no dejar pasar las oportunidades sin intentarlo, pero en el fondo jamás creí que lo iba a conseguir. Cuando pasé a la segunda ronda, casi me boicoteo las posibilidades de quedar. Me sentí como una tonta, con la lengua trabada y la sangre latiéndome en las sienes mientras trataba de responder a la trillada pregunta de: ¿Por qué te presentaste al casting? Por inercia, por eso. Y porque a mi prima Verónica le pareció que era buena idea que lo hiciera, y porque mi insoportable hermana que sí se moría por ser seleccionada, prácticamente me arrastró con ella.

No dije nada de eso, por supuesto. Sin embargo, no mentí. Roja como un tomate sólo mencioné que me gustaba cantar y que me parecía una buena forma de comenzar mi carrera… ¡Y al parecer les gustó! Gran Hermano va a ser la bisagra que me haga pasar de ser una ilustre desconocida, a tapa de revistas y de discos compactos. ¡Así de simple! Tengo el bendito telegrama en las manos, y no puedo dejar de leerlo…

“Señorita María Emilia Fraga: ha sido seleccionada para formar parte de Gran Hermano Argentina. Rogamos se comunique a la brevedad con nosotros, y que seleccione un letrado que la represente en la firma del contrato. Atentamente, La Producción”. Qué felicidad, por Dios. Y por primera vez en mucho tiempo, siento que la vida me sonríe de veras.

Mi madre tiene una extraña obsesión con mi salud. Siempre me ve demasiado pálido, demasiado delgado, demasiado triste. Bueno, puede que en esto último tenga razón.

No estoy deprimido, más bien me definiría como hastiado. ¿De qué? De todo y de nada. No hay razón para que me sienta así, pues trabajo en lo que me gusta y no me va mal, tengo dos hijos sanos, un techo donde vivir y una compañera…

¿La tengo de veras? Hace mucho que Carla y yo corremos por distintos rieles. No sé cuando comenzamos a alejarnos uno del otro, pero lo cierto es que algunas noches la observo dormir y una sensación de extrañeza me invade.

La misma que siento en las mañanas cuando sin querer me miro en el espejo. La misma que debe sentir Pía cuando intento interesarme en sus cosas, o Juan cuando me hago el ocurrente y sólo obtengo una mueca de disgusto.

Mi casa no es mía solamente; la mitad es del banco.

Y mi trabajo… Moverme entre la mierda, entre las miserias humanas, ya me está hartando. Es que a todos nos pasa más o menos lo mismo. Una madre castradora, un padre ausente… o viceversa. Fantasías prohibidas, amores desencontrados. Un querer y no poder, un anhelar y no hacer nada para conseguirlo. Problemas de dinero, problemas conyugales. Problemas y más problemas. Y el miedo… Siempre presente, siempre acechando.

Hace mucho tiempo yo quería cambiar al mundo y finalmente el mundo terminó cambiándome a mí. La ilusión de haber optado por ser libre y el haber luchado contra el mandato familiar ahora se me antoja una pérdida de tiempo.

Me resistí todo lo que pude, quise vivir a mi propio aire y hacer lo que el corazón me indicara, pero terminé tomando el té con mi madre todos los miércoles a las cinco, sólo porque ella lo quiere así.

Me mira por encima de sus anteojos y como es su costumbre desaprueba mi aspecto, y me lo hace notar en más de una forma. Sacude la cabeza, molesta.

“Sí, mamá. Soy la única oveja negra que tiene el cabello rubio. Valiente contradicción…”

Haber elegido ser un psicólogo bohemio e idealista, nunca fue buen visto en una familia de polistas de raza. Y ser de izquierda entre gente conservadora definitivamente no ayudaba en nada. A mí nunca me gustó la pose, y el pedigree de las personas siempre me resultó indiferente. Desde chico tuve una tendencia a salirme de la fila, y también a salirme de la raya y mis padres se encargaron sistemáticamente de volverme al corral.

Sólo mis férreas convicciones me mantuvieron cuerdo en una familia de locos, pero con el tiempo fui desgastando esa cordura, y poco a poco me transformé en lo que hoy soy. Un híbrido entre lo que debí ser y lo que me gustaría ser.

Mi vida actual es una sombra de la que soñé, y una copia algo venida a menos de la de mis padres que tanto repudié. Indiferencia marital es la tónica de hoy con Carla, igual que la legendaria que siempre se profesaron mis padres.

Una copia pero no idéntica. Para empezar, en casa el dinero no es lo que abunda, sino lo que se me reclama continuamente. Y tampoco abunda el amor, pero no es el odio el pan de cada día. Por último, la infidelidad no engrosa mi lista de pecados, y espero que tampoco la de Carla.

Infidelidad… Soy un hombre formalmente fiel. Y lo digo así, porque ganas no me faltaron pero mis principios guiaron el alcance de mis lealtades, así que jamás me atreví a cruzar esa línea. Estuve al borde, caminé por la cornisa más de una vez, pero jamás me lancé. El suicidio tampoco está en mi lista, y el haber cedido a la tentación hubiese significado un atentado a mi esencia, y la muerte de mi tranquilidad espiritual.

Me molesta sin embargo, no sentirme con la autoridad moral de antaño para juzgar más duramente a mis padres. ¿Los habré perdonado? Tal vez, o tal vez me esté convirtiendo en ellos. Como sea, le cumplo a mi madre cada miércoles y vengo a tomar el té a las cinco en punto. Escucho atentamente sus críticas y finjo que voy a seguir sus consejos.

“Tenés razón, en cualquier momento me corto el pelo, mamá. Sé que no me queda bien…”. Miento en ambas cosas, porque ni me lo voy a cortar, ni me queda tan mal. Hace mucho que lucho por evitar los espejos, y por eso me dejé la barba. Un sentimiento primitivo de autoprotección me impide profundizar en el abismo que adivino tras esa mirada azul que ellos me devuelven.

“También tenés razón. Debí dedicarme a los caballos y al polo… Pero el daño ya está hecho…”. Soy un fracaso. Esto último no se lo digo, pero hace tiempo que yo admito a la frustración en mi vida. Nos hicimos amigos porque voy a tener que vivir con ella el tiempo que me quede por delante.

Frustración laboral, porque nada se dio como yo esperaba. No cambié la vida de nadie, apenas fui el reflejo de los conflictos de mis pacientes. Frustración como padre, pues mis hijos cuando no me subestiman me ignoran. Y frustración conyugal, porque mi matrimonio es sólo una fachada.

Cuando Carla empezó a negarse con más frecuencia de la que accedía, es que yo aprendí a sublimar. Soy el rey de los sublimadores, y lo hago mediante el deporte, igual que cuando tenía trece y las hormonas guiaban mis pasos.

Pero ahora segrego sólo bilis, y cualquier ejercicio no competitivo se lleva mi energía hasta las duchas. Nado, corro, y el gimnasio es una de mis rutinas agradables. Las otras… las otras tienen que ver con llevar un enorme peso, más que con levantar pesas.

En algún momento, muy de vez en vez, siento un inquietante palpitar en mi cuerpo… Pero cuando realmente pierdo el sosiego es cuando ese palpitar no lo siento en mi pene, sino en mi corazón.

(…)

SINOPSIS

Llegando a la mitad de su vida, Máximo Aguirregaray está en crisis pues siente que no ha alcanzado ninguna de sus metas, que no ha cumplido ni uno de sus sueños… Hasta que Emilia Fraga se cruza en su camino.

Desde ese día no tiene paz, y a la vez se siente más vivo que nunca. Se muere de amor por ella, pero es consciente de que existen obstáculos que hacen imposible su relación: el primero es que está casado, y el segundo es que Emilia es su paciente.

Y hay algo más… Mientras la pasión los envuelve, ambos se adentran en los conflictos que hacen de la vida de la joven un verdadero infierno.

La tentación les enciende el cuerpo; la culpa les destruye el alma. Pero cuando caigan todos los tabúes los dominará el deseo, y ya no existirá nada prohibido… entre la tierra y el cielo.

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